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Dec

Crónica corta para 10k larguísimos…


Cuando entré por la puerta de la Universidad Católica, liderando la maratón de Derecho, y fui recibido por mi promoción del primer ciclo de facultad entre gritos de júbilo y entusiasmo, no sólo no imaginaba que sería la última carrera que ganaría en mi corta vida de atleta amateur, sino que también sería la última que correría en las siguientes tres décadas. Mi afición por jugar fútbol día y noche, sumada a mi flojera para entrenar, acabaría con mi interés en convertirme en un atleta del fondismo como me sugirió desde el colegio nuestro recordadísimo profesor Guerrero de La Recoleta.

Treinta años después de aquella competencia, llegaba a la concentración de entusiastas deportistas que, con gran expectativa, esperaban listos para el inicio de los 10k organizados por Movistar y Adidas en pleno corazón de San Isidro. Con un entrenamiento precario de algunas semanas previas interrumpidas por viajes y por lesiones, además de mi ya querida hernia lumbar que me apartó hace varios años de casi toda actividad física -menos de la que con gusto no pica-, me disponía a correr una carrera que prometía ser personalmente épica en tanto  yo fuese capaz de completar la mediana distancia sin la humillación de tener que cruzar la meta caminando o peor aún de abandonar. Además, llegaba aquí con los beneficios de haber sido invitado e inscrito por uno de los dueños de la carrera y por tanto con el tratamiento que un personaje VIP podía tener.

 

Después de veinte minutos de calentamiento en medio de la calle y como cualquiera de los mortales del lugar, fuimos identificados e invitados (ya era hora), a dirigirnos hacia la zona más próxima a la línea de partida, mientras a nuestras espaldas se extendía una mancha interminable de más de seis mil personas amontonadas para iniciar el galope. Me parecía una gran suerte arrancar por delante y mucho más aún cuando nos vimos calentando en un lugar privilegiado para un par de keniatas impresionantes y algo más de media docena de concentrados corredores alto andinos con Inés Melchor como su exponente más representativa. Digamos que, en pocos minutos, pasamos de ser unos afanosos correloncitos a convertirnos en parte de los diez o doce corredores de élite que abrirían el pelotón, para el deleite del numeroso público situado a los lados del partidor, el que se prolongaba por unos trescientos metros hacia adelante.

Escuchar la señal de partida no sólo se convirtió en el inicio de la carrera, sino en una obligación con mi amor propio de no permitir que, ni bien se largara, nos quedáramos vergonzosamente rezagados. Esto explica que tuviera que partir a velocidad de carrera de piques, como alma llevada por el demonio mientras los kenianos asombrosos daban sus zancadas gigantescas cual antílopes en la llanura africana. Y todo esto, mientras la gente gritaba y aplaudía, mirando nuestros pálidos y sonrientes rostros al pasar, a la vez que mis pulmones me anunciaban que el aire duraría apenas dos o tres cuadras a ese ritmo antes de explotar, y yo rezaba para que desaparezca el público y poder bajar las revoluciones permitiendo así que la gran mancha que venía a nuestras espaldas sobrepasara rápidamente nuestros pasos. De más decir que mi compañero me miraba ya desde cierta distancia como si yo, cual loquito afanoso y desubicado, no entendiera que esto era una competencia de resistencia y que todavía recién estaba comenzando.

Como bien esperaba, trescientos metros después, con el corazón saliéndoseme por la boca, pude bajar la marcha y dejar nomás que por lo menos un centenar de personas me sobrepasaran casi de inmediato -incluyendo mi partner-, para luego convertirse en más de un millar a lo largo de esos diez kilómetros interminables. Distancia en la que me preguntaba cada cierto tramo por qué no me había conformado con el dulce retiro triunfante en las maratones de Adecore, de las olimpiadas del Circolo Sportivo Italiano o de la Facultad de Derecho de la PUCP, para no tener que pasar por ese papelón de ver como una entusiasta gordita, corriendo con los dientes apretados y tirando de su perrito, me pasaba sin regalarme siquiera una sonrisa caritativa…

Pero a pesar de todo llegamos. Pudimos llegar a Dios gracias, sin fundir motor luego del arranque a toda caña, que me había dejado ya medio muerto antes de los primeros tres minutos. Después y viendo los resultados (incluyendo foto en el periódico) descubrí que no fueron tan lamentables, considerando que fuimos top ten como dos cuadras, estuvimos al final entre los primeros 190 en nuestro rango de edad de 45 a 54 y nuestro tiempo anduvo bordeando la hora… claro, los ganadores hicieron el mismo recorrido exactamente en la mitad del tiempo. Sin duda, fue sólo el amor propio y el orgullo de no dejar que nadie me vea caminar con la lengua afuera, lo que me dio la fuerza para terminar dignamente y a paso de vencedores….

Por ahora, quedará el recuerdo de un inicio del más alto nivel en medio de vítores y pica pica, y de un final digno pero ya sin público aplaudiéndonos ni besos volados. De hecho, nos queda la tranquilidad del objetivo cumplido. Y unas ganas tremendas por repetir la experiencia con mejor estado físico, aunque nunca más con tanta vara.

Y por eso, mañana otra vez nos encontramos 6 am. en el Pentagonito. Allí nos vemos… y si no eres del barrio quizá en la próxima carrera. Quien sabe y algún día nos atrevamos a correr 21k, claro está si la hernia nos lo permite…

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